Pregón de la Feria XXVII Feria del Libro Aragonés de Monzón

                 

 

La Feria del Libro Aragonés de Monzón llega a su vigesimoséptima edición y merece el cariño y reconocimiento de todos. Cualquiera que haya levantado similares andamiajes culturales sabe lo difícil que es diseñarlos, construirlos y, sobre todo, mantenerlos. Por eso, nuestro agradecimiento a la Feria ha de ser extraordinario. La Feria de Monzón me trae siempre a la cabeza algunas palabras. La primera sería “descentralización”. Creo que fue un gran acierto situar la Feria fuera de Zaragoza, de Huesca o de Teruel. El hacer de Monzón la capital del libro aragonés fue una decisión apropiada, llevando de esa manera a editoriales, escritores e ilustradores fuera de los ámbitos habituales en los que la cultura se desarrolla y expande. Había que darle a Monzón, una de las grandes ciudades históricas de Aragón, el protagonismo que merece. Seguro que el número de visitantes a la Feria sería muy superior si ésta se celebrara en ciudades más pobladas, pero no todo hay que analizarlo con esa vara de medir, pues entonces nunca podría organizarse nada fuera de Zaragoza. Descentralizar es articular, armonizar, vertebrar y hacer territorio, y eso es lo que la Feria de Monzón practica desde hace 27 años.

La segunda palabra sería “aragonesismo”. El hecho de dedicar una Feria monográfica al libro hecho en Aragón y por aragoneses supone una decidida apuesta por apoyar a nuestras editoriales, por defender a nuestros autores, por dar salida a nuestros libros y por facilitar su difusión. Ese es el mejor aragonesismo, el aragonesismo que promueve lo nuestro y que cree, al contrario de lo que muchos esnobs piensan, que no siempre todo lo que se hace fuera es mejor que lo que se hace en casa. Y que, en cualquier caso, serán a la postre los lectores quienes coloquen en su sitio a las editoriales, a los escritores, a los ilustradores y a los libros aragoneses. Mal podrían hacerlo si no tuvieran oportunidad de conocerlos, y de ahí que la Feria de Monzón haya hecho un gran servicio a la causa de la difusión de la cultura hecha por aragoneses.

Y la tercera palabra que la Feria me sugiere es “entusiasmo”, ese enorme entusiasmo que los organizadores y responsables de la Feria ponen en todo lo que hacen. Esa contagiosa pasión, esas ganas de hacer las cosas cada vez mejor, han hecho que nuestra Feria del Libro Aragonés de Monzón haya podido llegar a su vigesimoséptimo aniversario llena de vida y pujanza.

La elección de Monzón como epicentro del libro aragonés estaba además plenamente justificada. Aquí nació Pedro Juan de Lastanosa, autor, según las últimas investigaciones, de Los 21 libros de los ingenios y de las máquinas; y en Monzón vivió Ignacio de Luzán, que publicó en 1737 la primera edición de su Poética. Fue también montisonense José Mor de Fuentes. El autor de La Serafina y el Bosquejillo nunca tuvo demasiada suerte y otro aragonés como él, el alcañizano Gaspar Bono Serrano, escribió que fue “uno de los literatos más desventurados de nuestro siglo” y le dedicó a su muerte, en 1848, un soneto lleno de afecto que comenzaba así: “Descansa en paz, poeta sin ventura, / Honor del Cinca, respetable anciano, / Pues el consuelo, que buscaste en vano, / Por fin te halaga en pobre sepultura”. Mor era de linaje noble, pero acabó muriendo en la miseria. En los últimos años de su vida, la casa de comercio donde tenía todos sus ahorros (lo poco que había ganado con sus libros y los últimos restos de su patrimonio) quebró y dejó al escritor arruinado. Volvió entonces a Monzón y aquí murió en la indigencia. En 1960, Ildefonso-Manuel Gil publicó su partida de defunción y en ella, el párroco Rafael Castanero escribió que se le enterró “a pobre” en el cementerio. De la vida de Mor de Fuentes sorprenden algunas cosas: su paso sin ninguna vocación por el Ejército, del que solicitó la licencia en 1799; su aspiración frustrada de llegar a ser director del Canal Imperial de Aragón (para lo que escribió en 1806 su libro más raro: Método fácil y económico para limpiar los canales navegables); y su estancia en Zaragoza durante el primer Sitio, en el que al parecer sirvió de vigía en la Torre Nueva.

En Monzón vio la luz nuestro gran Joaquín Costa, uno de los cinco aragoneses más importantes del Aragón contemporáneo, en palabras de Eloy Fernández Clemente, junto con Goya, Ramón y Cajal, Luis Buñuel y José Antonio Labordeta. Uno, humildemente, añadiría a Sender a la lista. El más raro libro de Costa es, por descontado, el primero, el que publicó con motivo de su viaje a la Exposición Universal de París en 1867. Allí viajó como albañil de los pabellones españoles tras haberse presentado a unas pruebas de selección convocadas por el gobierno y haber obtenido plaza gracias a las gestiones de Camo y Carderera. Ese libro se titula Ideas apuntadas en la Exposición Universal de 1867 para España y para Huesca y lo publicó en Huesca la imprenta de Antonino Arizón en 1868. Es bien sabido que Costa descubrió en Francia las bicicletas, llamadas entonces velocíferos y más tarde velocípedos, y que mandó desde París el dibujo de uno de aquellos velocíferos a sus amigos de Huesca. En ese dibujo se basó el mecánico oscense Mariano Catalán para fabricar la primera bicicleta que se vio en España. Ese primer libro sólo lo he visto una vez en comercio en los últimos años. Lo sacó a la venta el librero Farré de Barcelona y duró apenas unas horas en su catálogo antes de que se vendiera. Este desdichado bibliófilo no llegó, como otras tantas veces, a tiempo para comprarlo.

De Monzón fue también Mariano de Pano, que presidió muchos años (entre 1910 y 1948) la Real Academia de Nobles y Bellas Artes de San Luis, a la que hoy me honro en pertenecer, y de quien leí sus monografías sobre el monasterio de Sijena y la condesa de Bureta; y aquí nacieron otras dos notables escritoras: Encarnación Ferré (que debutó publicando en la editorial Planeta Hierro en barras y a quien en 1984 Luciano Gracia y yo le editaríamos 13 cartas sin destino en la colección Poemas, con un prólogo de José Antonio Labordeta) y Luz Gabás, que a partir de 2012, con la publicación de Palmeras en la nieve, se convirtió en una de las escritoras de referencia de las letras aragonesas. Todo ello hacía obligada la elección de Monzón como capital del libro aragonés. Que lo sea por muchos años.

 

 

Se terminó de imprimir este pregón de la XXVII Feria

            del Libro Aragonés de Monzón el 6 de diciembre

   de 2021 en la imprenta de Gráficas Monzón. La

      tirada se limitó a 200 ejemplares numerados.

        Se distribuirá entre quienes decida el libre

                      albedrío de los editores y entre todos

                               aquellos que al solicitarlo

                                 acrediten un inveterado

                                         amor al libro.

 

 

 

 

 

 

 

                            EJEMPLAR NÚMERO: