PREGÓN DE LA XXII FERIA DEL LIBRO DE JACA

José Luis Melero

 

Cómo sintetizar en unas pocas líneas lo que los libros han significado en nuestras vidas. Nunca hemos encontrado compañeros más leales y comprometidos con nuestra felicidad. Los libros nos han acompañado siempre (sin hacernos preguntas incómodas, sin un mal gesto) y nos han hecho sentirnos muy afortunados. Con ellos hemos viajado a cualquier rincón del mundo (pues disponen del don incomparable de transportarnos a países lejanos sin que nos movamos del salón de nuestras casas) y a cualquier tiempo de la historia (pues igual que Robert Graves o Marguerite Yourcenar nos llevaban a la Roma de Claudio o de Adriano, Huizinga lo hacía al otoño de la Edad Media, Joan Sales a la incierta gloria de la Guerra Civil, o Irene Vallejo a los infinitos juncos del Antiguo Egipto). Con ellos nos hemos reído a carcajadas (quién podrá olvidar sus risas interminables mientras leía La conjura de los necios, de John Kennedy Toole), o nos hemos regalado la mejor de nuestras sonrisas (siempre que leímos los poemas de Francisco Vighi o Ángel Guache, los diarios de Trapiello, o las comedias “absurdas” de Jardiel o Miguel Mihura, que contaba aquello de que le gustaba irse a dormir con dos vasos de agua: uno lleno por si tenía sed y otro vacío por si no tenía, y a quien Tono le dijo, en un banquete que organizaron sus amigos cuando le hicieron académico, aquello de que “lo malo de hacerse viejos es que nos coge ya muy mayores”). Con ellos hemos llorado y nos hemos emocionado (lo sabrán bien quienes hayan leído El olvido que seremos, de Héctor Abad Faciolince), o nos hemos enamorado como adolescentes mientras recitábamos los versos de La voz a ti debida o Razón de amor, de Pedro Salinas. Con ellos hemos combatido políticamente en diferentes frentes y trincheras (cabalgando a lomos de novelistas sociales como Arconada, Arderius, Zugazagoitia o Isidoro Acevedo, Carranque de Ríos, Sender, Díaz Fernández o Armando López Salinas; o recuperando -José Carlos Mainer fue el primero que lo hizo- autores falangistas como el Agustín de Foxá de Madrid, de corte a cheka, el Rafael Sánchez Mazas que le dio vida a Pedrito de Andía y que Javier Cercas popularizó en Soldados de Salamina, o aquel Rafael García Serrano y su fiel infantería).

Con los libros hemos aprendido a amar nuestra tierra (gracias entre muchos otros a Guillermo Fatás, que nos inventarió a los Aragoneses ilustres y nos puso Aragón al alcance de todos -parece obligado recordar aquel Aragón para ti-, a Eloy Fernández Clemente, maestro muy querido por muchos de nosotros, o a nuestro inolvidable José Antonio Labordeta, que llevó a Aragón en el corazón y en la mochila), y con los libros hemos tratado de enseñar el mundo a nuestros hijos más pequeños (gracias a esa fecunda literatura infantil, de la que tenemos en Aragón grandes representantes, tanto entre los escritores como entre los ilustradores). Con los libros nos hemos esforzado intelectualmente -a veces hasta el éxtasis- para tratar de desentrañarlos y comprenderlos (nos pasó con Joyce y su Ulises, con Robert Musil y su hombre carente de atributos, con Hermann Broch y su muerte de Virgilio, o con José Lezama Lima y su desbordante Paradiso); y otras veces, por el contrario, los libros nos han servido simplemente como báculo que ayudara a evadirnos de nuestros problemas cotidianos y a vivir las aventuras de los otros, y para ofrecernos solaz y entretenimiento (quien haya leído a Simenon o a Agatha Christie, a Julio Verne o a Melville, a Fenimore Cooper, Mark Twain o Emilio Salgari, sabrá de lo que hablo). Y todo sin salir de casa, sin una mala cara y por un precio al alcance de cualquier bolsillo, o incluso sin precio alguno si frecuentamos nuestras magníficas bibliotecas públicas.

Los libros nos han llevado a conocer la libertad (aun antes de que la disfrutáramos) y gracias a ellos hemos sabido de otras formas de pensar, de otras creencias y otras ideologías, con las que comulgar o a las que apartar de nuestro camino, que eso es ya decisión nuestra. Y nos han llevado a conocer y respetar a los libreros, esas gentes que practican una profesión benemérita con más de cinco siglos de antigüedad y que hacen posible que esa fuente de conocimiento que son los libros mane en nuestras casas.

Los libros nos han hecho conocer a nuestros convecinos y sin ellos, en Jaca, las nuevas generaciones no sabrían quienes fueron Fernando Basurto o Concepción de Estevarena, Francisco y Gonzalo Quintilla o Dámaso Sangorrín, Tomás Buesa, Rafael Andolz o Natividad Castán Larraz; y tampoco sabríamos la importancia que en la historia de España han tenido jacetanos ilustres como los ministros José Fernando González, Joaquín Gil Berges o Alejandro Oliván, periodistas como Mariano Araus, que dirigió El Imparcial y El Liberal, o juristas como Joaquín Martón y Gavín.

Los libros nos han hecho ser en buena medida lo que somos, porque no podemos explicarnos a nosotros mismos sin hablar de los libros que hemos leído; y también de los que nunca leímos, porque de haberlo hecho tal vez fuéramos otros y distintos.

Los libros nos proporcionan lo que apenas nadie puede darnos a la vez: libertad, conocimiento, criterio y opinión, diversión o entretenimiento, a cambio de nada. Por eso los queremos tanto y los cuidamos como si fueran de la familia. En realidad, mejor que si fueran de la familia, porque con ellos no discutimos nunca. Los libros son esa fiesta permanente que hoy comienza en Jaca, a mayor gloria del saber, del goce y de la alegría. Disfrutadlos y sed felices con ellos.