PRÓLOGO

Los Rivas somos aragoneses “de raza y carácter”, o de “pura cepa”, como Santiago Ramón y Cajal definió a su padre, don Justo Ramón Casasús, en Mi infancia y juventud. Raimundo Rivas Foncillas, natural y vecino de Zaragoza, se casó con Manuela Altemir, nacida en Naval, en la provincia de Huesca, y de esa unión nacieron siete hijos, todos aragoneses: Pablo, Juliana, Felipe, Juana, Nicolás, Atilano y Susana Rivas Altemir. Tengo a la vista una escritura pública otorgada en Zaragoza el 13 de junio de 1867 ante el Notario don Lorenzo Pina y Castillón, número 163 de su protocolo, inscrita en el Registro de la Propiedad de Zaragoza el 2 de septiembre de ese mismo año, por la que podemos conocer la edad y circunstancias personales en aquella fecha de Raimundo Rivas Foncillas y de sus siete nombrados hijos, los hermanos Rivas Altemir: don Raimundo Rivas Foncillas tenía entonces ochenta años de edad, era maestro cubero y viudo de doña Manuela Altemir; don Pablo Rivas Altemir, también maestro cubero, contaba con cuarenta y nueve años de edad y estaba casado con doña Basilia Foncillas Castro, de cuarenta años de edad; doña Juliana Rivas Altemir, de cuarenta y cuatro años de edad, estaba casada con don Bernardo Puchén, “cuyo paradero se ignora”; don Felipe Rivas Altemir, maestro cubero como los anteriores, tenía cuarenta y dos años de edad y se hallaba casado con doña Juana López Palacios, de treinta y dos años de edad; doña Juana Rivas Altemir, que declaraba tener cuarenta años de edad, estaba casada con don Pedro Uriza Lasúent, de profesión cantero y de treinta y seis años de edad; don Nicolás Rivas Altemir tenía en aquel momento treinta y siete años de edad, se hallaba soltero y, como su padre y hermanos, era maestro cubero; don Atilano Rivas Altemir era profesor de instrucción primaria, contaba con treinta y cuatro años de edad, también se encontraba soltero y residía en Uncastillo; y, finalmente, doña Susana Rivas Altemir tenía treinta y tres años de edad y estaba casada con don Pedro Regaño González, de profesión zapatero y de treinta y cuatro años de edad. Todos eran vecinos de Zaragoza, con excepción de don Pablo, que lo era de Borja.

De los siete hermanos Rivas Altemir nos interesa recordar hoy a dos: Pablo y Nicolás. Pablo, que se casó con Basilia Foncillas Castro, fue el abuelo de Juan José Rivas Bosch, nacido en Zaragoza, en 1880; y Nicolás, que contrajo matrimonio con Margarita Ferrer Tejero, fue el abuelo de mi abuelo Nicolás Rivas Laventana, nacido en Zaragoza en 1894. Juan José Rivas y mi abuelo Nicolás Rivas eran por tanto primos segundos y sus padres, José Rivas Foncillas e Hipólito Rivas Ferrer, primos hermanos.

Mi bisabuelo Hipólito Rivas Ferrer, nacido en Zaragoza el 13 de agosto de 1870, que vivió siempre en una casa de su propiedad en la plazuela de San Braulio, número 9, antes 11, frente por frente a la calle Alfonso, enviudó muy joven de María del Pilar Laventana Ornaque, con quien se había casado el 23 de septiembre de 1892. María del Pilar Laventana, mi bisabuela, murió, tras dar a luz a su hija Margarita Rivas Laventana, el 17 de febrero de 1896. Dos años antes, el 28 de febrero de 1894, había nacido su primer hijo, Nicolás Rivas Laventana, mi abuelo. Mi bisabuelo Hipólito Rivas Ferrer se quedó, por tanto, viudo y con dos hijos (mi abuelo Nicolás, que aún no había cumplido los 2 años, y mi tía abuela Margarita, recién nacida) con apenas 25 años. Al ser Hipólito hijo único, fueron sus primos hermanos, entre ellos José Rivas Foncillas, el padre de Juan José, quienes lo arroparon y ayudaron en la crianza de sus hijos, estableciéndose entre ellos una relación fraternal. De ahí que mi abuelo Nicolás y Juan José Rivas Bosch se tuvieran siempre un gran cariño y se quisieran, más que como primos, casi como si fueran hermanos. De ello da fe mi madre, María del Pilar Rivas Capdevila, la decana de los Rivas, nacida en Zaragoza, en 1922. Mi madre conoció y trató a todos los primos de su padre y atestigua la estrecha relación que siempre existió entre mi abuelo Nicolás y su primo Juan José.

Juan José Rivas Bosch fue, como todos los testimonios recogen, un hombre bueno, modesto, sencillo y entregado apasionadamente a su gran vocación: la medicina. Fue un extraordinario médico generalista, uno de aquellos grandes médicos de cabecera, que inspiraban enorme confianza a sus pacientes. Fernando Zubiri, tal vez el gran historiador de la medicina aragonesa del pasado siglo, lo consideró uno de los últimos representantes de aquella forma de ejercer la medicina de proximidad, en la que el médico era muchas veces el receptor de las confidencias y el consejero de sus enfermos. Fue un gran trabajador, un médico internista muy preparado y estudioso (fue premio extraordinario de licenciatura en 1902, obtuvo el doctorado al año siguiente y ganó por oposición en 1904 la plaza de profesor auxiliar de Cirugía en la Facultad), y compaginó la medicina privada con su trabajo en la Beneficencia Municipal (de la que fue fundador en 1905) y la Fiscalía de la Vivienda.

Nunca quiso ser un hombre público y huyó siempre que pudo de la notoriedad. Su epitafio podría haber sido como aquel que escribió don Juan Moneva para ese gran maestro de periodistas que fue Filomeno Mayayo, director durante casi dos décadas de Heraldo de Aragón y hombre de timidez y modestia proverbiales: “Mereció brillar. Lo evitó obstinadamente”. Cuando Rivas fue alcalde de la ciudad -apenas dos años- lo hizo forzado por las circunstancias y tras negarse en varias ocasiones a aceptar el cargo. Al final tuvo que ceder a las presiones, en una época en que la desobediencia no se contemplaba, pero en su toma de posesión quiso ponerlo de manifiesto: “Un doble deber de obediencia y sacrificio me traen a este sitio que siempre he mirado con temor y respeto”. Dejaba pues bien claro que la alcaldía era para él una imposición y no un deseo, y un inconveniente antes que un motivo de gozo. Estuvo en el Ayuntamiento el menor tiempo que pudo, y nunca antes ni después ejerció cargo político alguno.

Otra prueba de su falta de vocación por la vida pública fue su negativa durante muchos años a entrar en la Real Academia de Medicina de Zaragoza. El doctor Ricardo Horno Alcorta, presidente entonces de la Academia, que contestó a su discurso de ingreso, lo explicó muy bien: “el doctor Rivas es un hombre por varios conceptos excepcional. Vivió muchos años totalmente aislado de lo que no fuera su profesión y no aceptó nunca cargo alguno de ninguna clase”. Al fallecimiento del que fuera académico y rector de la Universidad, Ricardo Royo Villanova, Horno fue a visitarle para pedirle que aceptara ocupar la plaza que dejaba vacante el eminente catedrático, pero “Rivas se niega una vez más; su modestia, su salud, su trabajo agobiador… todo le hace negarse como siempre”. Tuvo que convencerlo poniendo el énfasis en el cumplimiento del deber, ese deber que tienen quienes han alcanzado un notable prestigio de poner éste al servicio de la comunidad. Al final aceptó ingresar en la Academia (tenía ya por entonces 65 años) y Horno lo resumió así: “no es el honor el que le atrae, es el deber el que le obliga”.

Juan José Rivas Bosch murió el año que yo nací (lo que me recuerda aquel verso de mi amigo el pintor Jorge Gay Molins con el que tituló una de sus exposiciones: “yo nací la noche que murió Pavese”), pero supe de él desde niño pues su memoria estaba muy viva en casa de mis abuelos. Y me sentía muy orgulloso cada vez que pasaba por la calle que lleva su nombre, lo que ocurría frecuentemente, pues yo estudié siempre (desde párvulos hasta COU) en el Colegio de La Salle -Gran Vía- y esa calle está muy próxima a él. Además, viví durante todos esos años en el número 28 del paseo de Calvo Sotelo, hoy Gran Vía, y para ir o volver del colegio a veces tomaba aquella calle que, ya desde muy pequeño, mi abuelo Nicolás se encargó de recordarme que estaba dedicada a un ilustre miembro de la familia.

Como la vida da tantas vueltas, al final Juan José Rivas y quien perpetra estas líneas han tenido algunos reconocimientos paralelos: los dos hemos sido académicos (él de la Academia de Medicina y yo de la de Nobles y Bellas Artes de San Luis), a los dos nos hicieron Hijos Predilectos de Zaragoza, y él fue Medalla de Oro de la ciudad y yo de la provincia. Y también los dos coincidimos en no ambicionar puestos políticos de ninguna clase. Pero hay algo en lo que será muy difícil que pueda igualarle: en el cariño de sus nietos que, 64 años después de su muerte, lo tienen vivo en su recuerdo y le dedican este homenaje y esta publicación para honrar su memoria. Recordar y honrar a los suyos es propio de gente noble y bien nacida, y uno se conmueve al ver cómo los nietos de Juan José Rivas Bosch  se acuerdan todavía hoy de su abuelo hasta el punto de editar esta pequeña monografía en su honor. La guardaré para mis nietos, si es que algún día los tengo. A ver si hay suerte y el día de mañana se dan por aludidos.

                                                       José Luis Melero Rivas