VIAJE A MADRID, A LA RAE, A LA FUNDACIÓN MARCH Y A ALBERTI

Antón Castro

 

 

La Real Academia Española fue fundada en 1713 por el Marqués de Villena. Tras deambular por diversos edificios, la RAE se trasladó a su actual morada, obra de Miguel Aguado de la Sierra realizada entre 1891 y 1894, en 1899. El escritor y bibliófilo José Luis Melero presentó ‘El tenedor de libros’ (Xordica) en la librería Alberti de Madrid el día de San Valero, el pasado viernes. Embajador constante de la cultura y del universo de los libros y ciudadano afable que reparte afectos, se trasladó a la capital con una delegación de amigos de Zaragoza y organizó una visita a la RAE. El lexicógrafo responsable de la biblioteca, Pedro Álvarez de Miranda, que ingresó en la institución en 2011 con el discurso ‘En doscientas sesentas y tres ocasiones como esta’, fue un anfitrión sabio y perfecto: mostró y comentó las dos salas de los directores, entre los más antiguos figuran Mercurio, el hijo del Marqués de Villena, los dramaturgos el Duque de Rivas y Martínez de la Rosa (en un estante, Melero vio un libro del conde de Viñaza, biógrafo de Goya, y recordó que era aragonés), y en la sala “de pastas” están Miguel Asín y Palacios, Pedro Laín Entralgo, en un espléndido retrato de Hernán Cortés), Manuel Alvar y Fernando Lázaro Carreter. Falta aún el de José Manuel Blecua. Son los cinco aragoneses que han ostentado la dirección. De la sala de juntas, a la que también se llamaba “la bañera”, por el espacio ovalado que hay en el centro, se dice que la carpintería la concibió otro aragonés adoptivo como Juan Eugenio de Hartzenbusch, que fue director de la RAE, ebanista y autor de ‘Los amantes de Teruel’. Allí aún no se usan los ordenadores pero los académicos tienen una completa agenda con los nombres y contactos de todos los académicos latinoamericanos y la programación de todo el año; el sillón del director Darío Villanueva tiene el respaldo más alto y en su puesto hay muchos bolígrafos, lápices y objetos de escritorio.

Pedro Álvarez de Miranda, que participa en el libro homenaje a Dolores Albiac con un artículo sobre la Academia del Buen Gusto de Zaragoza del siglo XVIII, habla de las bibliotecas y legados de la Institución: la general –su responsable, Rosa, muestra obras de los impresores que se instalaron en Zaragoza Pablo Hurus, un viaje a Jerusalén, Jorge Cocci, un ‘Cancionero musical de palacio’ de Juan del Encina y las ‘Décadas de Tito Livio’, y un vocabulario aragonés recopilado por Juan Moneva-, la de Rodríguez Moñino y María Brey, que consta de 17.000 volúmenes y de una formidable colección de dibujos, la de Dámaso Alonso, de 40.000 libros (muchas primeras ediciones de sus compañeros de la Generación del 27, como ‘La destrucción o el amor’ de Vicente Aleixandre, que se lo dedicó “contra su voluntad”) y documentos, un intenso epistolario. Pedro recuerda el legado que han recibido de José Luis Borau: sus volúmenes, carteles, guiones, propios y ajenos, un valioso material de cine que se ha incorporado con vitalidad a la maravillosa morada de las palabras. Hace una semana recibía a Manuel Gutiérrez Aragón, que visita este martes Zaragoza. Se presentó flanqueado por la mallorquina Carme Riera y Aurora Egido, la gran estudiosa aragonesa de Gracián. El escritor y cineasta David Trueba, que se sumó a la expedición, comentaba que él había estado en ese acto y que era emocionante y solemente. Pedro Álvarez de Toledo comprobaba con mucho sentido del humor que Aragón está en todas partes. Hacia las dos, Pepe Melero y sus amigos, fascinados por el espacio, los libros, los percheros de los académicos (el más veterano creo recordar que es Manuel Seco), se despidieron.

Y apenas tres horas más tarde ya estaban en la Fundación March, que dirige Javier Gomá. El periodista y escritor Javier Goñi, al que sigue con mucha devoción y cariño Pedro Álvarez de Miranda en sus reseñas en ‘Babelia’, otro zaragozano que ha escrito de Miguel Labordeta, está de baja y no pudo hacer de anfitrión. Quién sí estaba, con la complicidad del equipo de la Fundación, fue el escritor Jesús Marchamo –que prepara una nueva edición de ‘Tocar los libros’ y una segunda edición de ‘Bibliotecas de escritores’ para Siruela-, dispuesto a mostrar los volúmenes de la biblioteca Julio Cortázar donada por su primera mujer, Aurora Bernárdez, que cuidó al escritor en sus últimos meses, viudo reciente de su compañera Carol Dunlop. La donación asciende a 4.000 volúmenes, pero pudimos ver unos 30 muy seleccionados.

Jesús Marchamalo nos enseñó obras de Mario Vargas Llosa, de Octavio Paz, de Juan Carlos Onetti, de José Lezama Lima (la primera edición, con más de 700 erratas; Cortázar se lo reprocha), de García Márquez o de Alejandra Pizarnik. Cortázar llenaba los libros de notas, de preguntas o interpelaciones, subrayados, críticas, y a veces de dibujos. Los suyos eran libros vividos, devorados, abiertos. Cortázar era un lector apasionado, aunque no siempre llegaba a todo. Borges, por ejemplo, no debió volverle loco como autor, hay escasos libros y con escasos indicios de haber sido leídos.

Avanzadas las siete y media, Pepe Melero conversó, en el sótano de la librería Alberti, con Jesús Marchamalo sobre ‘El tenedor de libros’ (Xordica) y tiró de buen humor, de ironía, rindió homenaje a su mujer Yolanda Polo, que se rio como nunca o como pocos (casi tanto como Pedro Álvarez de Miranda), y usó ese estilo antisolemne que a él le gusta. Fue una fiesta de la palabra, de amor a los libros, a los editores, a los escritores, a la amistad y, por supuesto, a las librerías. La librería Alberti, de Lola Larumbe, es un espacio acogedor, repleto de sorpresas y de maravillas. Da gusto estar allí. Reina el buen gusto, la delicadeza y la defensa de la belleza y el compromiso.